Rodrigo Mondragón tenía el talento particular de decir las verdades difíciles en el momento menos esperado y con el tono más conversacional posible, de manera que uno se daba cuenta de lo que había dicho solo varios segundos después.
Lo hizo un martes, en la cafetería de la planta baja del edificio donde Sebastián tenía sus oficinas, donde Valentina había pasado para entregar unos materiales físicos al equipo de comunicaciones y donde Rodrigo apareció como aparecía siempre: sin avisar y con caf