No ocurrió de la manera en que Valentina habría imaginado, si se hubiera permitido imaginarlo. No hubo música de fondo ni momento cinematográfico ni la clase de circunstancias que hacen que las cosas parezcan inevitables.
Ocurrió un miércoles por la noche, después de que el proyecto del hotel entró en su semana más caótica, en el momento menos romántico posible: con Valentina de pie en la cocina intentando alcanzar el estante más alto del armario donde guardaba el café de emergencia, con veinti