Luciana Vargas apareció un viernes.
No en sentido figurado, no como sombra del pasado, sino literalmente: en la puerta del apartamento de Valentina, con el tipo de belleza que no pide disculpas y una expresión en el rostro que era más compleja de lo que Valentina habría esperado si hubiera esperado esto, que no lo había hecho.
—Sé que no tengo derecho a estar aquí —dijo Luciana, antes de que Valentina abriera la boca—. Pero necesito hablar contigo. Solo una vez.
Valentina la miró durante un mom