El silencio que siguió a la partida de Magnus y sus médicos fue denso, casi sólido. El Dr. Arriaga se dejó caer en una silla, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo tembloroso.No era solo el alivio de haber sobrevivido a la guillotina de Jones, era el peso de la mentira que ahora cargaba sobre sus hombros.— Esto ha sido un milagro, pero no tendremos dos — susurró Arriaga, mirando a Alex — Magnus ya me lo advirtió, no se perderá la inseminación. Quiere estar allí, ver cómo introduzco la cánula. Si entra en ese quirófano, Alexander, no podré hacer nada, todo será un desastre, sabrá que está embarazada.Alex asintió, su rostro era una máscara de piedra.— Buscaremos una forma. Mantenga su equipo listo. Llame a mi padre en tres días, dígale que el ciclo de Helena ha alcanzado el punto de no retorno. Yo me encargaré del resto.Cuando Arriaga salió, la habitación se sintió, por primera vez en semanas, como un santuario.Alex se acercó a Helena, que seguía sentada en la camilla,
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