Helena yacía bajo una sábana de algodón blanco, tan inmóvil que por un momento Magnus se detuvo en el umbral, temiendo que el proceso hubiera cobrado un precio demasiado alto. El aire en la sala de recuperación de la clínica era gélido y olía a una mezcla penetrante de antiséptico y ozono.
Su rostro, de una palidez de alabastro, estaba enmarcado por su cabello rubio desordenado, dándole el aspecto de una mártir en un altar de acero inoxidable.
Arriaga, moviéndose con una eficiencia renovada tra