La mañana siguiente al encuentro clandestino nació con una luz inusualmente brillante, pero para Alexander, cada rayo de sol y cada amanecer en esa casa continuaba siendo una amenaza.El aire en la mansión Miller se sentía más denso, el secreto que compartía con Helena era un tesoro de cristal a punto de romperse, que debían cargar a través de un campo de minas.El Dr. Arriaga llegó a las diez en punto. Magnus, con su habitual aire de posesión absoluta, ya esperaba en el umbral de la habitación de Helena, cruzado de brazos.— Quiero un informe detallado, Arriaga — sentenció Magnus con voz ronca — No confío en los síntomas que ella describe. Quiero saber si ese niño ya se está formando, y si puede sufrir por el estrés que se respira en esta casa.Helena, sentada en la cama, palideció. Miró hacia la puerta buscando a Alex. Sabía que, si Magnus se quedaba durante el examen, Arriaga no podría hablar con libertad, y cualquier gesto de complicidad sería su fin.Justo en ese momento, Alexand
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