El amanecer se filtró por las rendijas de las cortinas con una frialdad impersonal, devolviendo a la habitación la realidad que la pasión de la noche había logrado difuminar.Sobre las sábanas de seda negra, Helena sintió el peso del brazo de Alexander rodeando su cintura, una calidez protectora que, por un instante, la hizo olvidar que vivía en una celda.Sin embargo, el encanto se rompió cuando Alex abrió los ojos. La ternura desapareció de su mirada para ser reemplazada por el acero de la estrategia.— Arriaga envió el mensaje — susurró Alex, su voz todavía ronca, pero recuperando su tono de mando — Es hoy. Papá se levantó temprano esta mañana, ya está listo. Helena, escucha, a partir de este momento, volvemos a ser el hijastro leal y la madrastra convaleciente. Ni una mirada, ni un roce.Helena asintió, mientras se le formaba un nudo en la garganta. Se levantó de la cama, ocultando su desnudez como si de repente le avergonzara mostrarse ante el hombre que horas antes la había recl
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