El amanecer en Miami se filtraba gris y pesado a través de las persianas venecianas del despacho de Alexander.
No había dormido.
Había pasado la noche entera frente a tres monitores, observando el flujo de los mercados globales y las frecuencias de seguridad de la mansión.
El café, ya frío y amargo en su taza, era lo único que lo mantenía anclado a la realidad. Sabía que el día de hoy no permitía errores, tenía que estar preparado, cualquier desliz, por mínimo que fuera, terminaría con un cuerp