El aire en el calabozo de la fortaleza olía a piedra húmeda y a un miedo tan antiguo como las montañas. Elora caminaba por el pasillo de celdas, escoltada por Alaric. El sonido de las botas de él contra el suelo de piedra era como el golpe de un martillo sobre un ataúd. Él no la tocaba, pero su presencia era una cadena invisible que la obligaba a seguir adelante.—No me obligues a hacer esto, Alaric —susurró ella, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas—. Te lo ruego. Llévame a mí, mátame a mí, pero deja que él se vaya.Alaric se detuvo frente a una pesada puerta de hierro. Se giró hacia ella y, con una mirada gélica que la hizo estremecer, la agarró por los hombros y la sacudió ligeramente.—¡Entiende de una vez! —rugió él, su voz retumbando en el pasillo—. Esto no es un juego de oficina. Si Daniel sale vivo de aquí, el Consejo verá una debilidad en mí. Y si ven una debilidad, te arrancarán de mis brazos para torturarte solo por diversión. Su muerte es el único muro q
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