El amanecer en la montaña no trajo luz, sino una niebla espesa y gris que devoraba los pinos alrededor de la fortaleza. Elora no había dormido; había pasado la noche en una vigilia forzada, sintiendo la presencia de Alaric en la habitación de al lado como una vibración constante en sus huesos. Sus sentidos, alterados por el linaje de los Thorne, captaban el murmullo de voces gélidas que empezaban a llegar a la propiedad.
A las siete de la mañana, la puerta de su habitación se abrió sin previo a