El todoterreno blindado rugía por la carretera de la costa, cortando la neblina marina como un proyectil. Dentro, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración agitada de Elora. Alaric conducía con una mano en el volante y la otra apretando el muslo de ella con una firmeza que bordeaba el dolor, marcando su posesión incluso en medio del caos. —Si ella muere, será por tu arrogancia, Vance —soltó Alaric, su voz era un látigo de hielo—. Te advertí que no jugaras a las espías. Lysandra huele la debilidad, y tu llamada fue un faro para su sed. Elora no respondió. Tenía la mirada fija en el GPS, viendo cómo la distancia hacia la casa de seguridad se acortaba. El vínculo con Alaric estaba vibrando; podía sentir su rabia, pero también una satisfacción oscura: él estaba disfrutando de que ella tuviera que recurrir a él nuevamente, derrotada. Al llegar a la propiedad, una villa moderna al borde de un acantilado, el panorama era desolador. Los guardias de Alaric yacían en el suelo, s
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