El viaje hacia la residencia de la montaña fue un descenso literal a las tinieblas. Elora permaneció en el asiento trasero del todoterreno blindado, lo más lejos posible de Alaric. El silencio entre ellos era como una cuerda tensada al máximo, a punto de romperse y azotarlos a ambos. Ella se miraba las manos, aún temblorosas, mientras el paisaje urbano de rascacielos era reemplazado por bosques de pinos negros que parecían garras bajo la luz de la luna.
Alaric no había dicho una sola palabra de