La puerta del otro lado finalmente se abrió con un chirrido seco.El sonido metálico fue breve, pero suficiente para que el ambiente, ya cargado de tensión, se transformara. Todos los ojos se giraron hacia la figura que aparecía en el umbral: Mariana, escoltada por una guardia.Llevaba el uniforme naranja de la prisión, arrugado por el uso constante, y el cabello recogido sin cuidado. Su rostro reflejaba una frialdad que solo el encierro puede tallar. Sin embargo, sus ojos no habían cambiado; seguían siendo igual de penetrantes, llenos de aquella mezcla inalterable de inteligencia aguda, orgullo implacable y un resentimiento que parecía imposible apagar.Desde el fondo de la sala, George la contemplaba inmóvil. Conocía esa mirada demasiado bien. La había visto mucho antes de que las mentiras y las traiciones se interpusieran entre los dos. Era la misma mirada que escondía, con feroz determinación, el odio y la ambición que nunca la abandonaron. Mariana nunca había aprendido a aceptar
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