La mañana de su liberación llegó envuelta en un cielo gris y un silencio abrumador, como si el mundo mismo estuviera conteniendo la respiración en anticipación. Mariana estaba sentada sobre la litera de su celda, contemplando la pequeña bolsa de sus pertenencias que descansaba junto a sus pies. Todo lo que le quedaba de su antigua vida cabía ahí dentro, un recordatorio tangible de lo que había sido y de lo que había perdido. Un par de prendas desgastadas, documentos que una vez fueron importantes, algunos objetos personales que llevaban consigo la huella de su historia. Y el odio, intacto, que había aprendido a preservar con esmero, como un escudo que la protegía de la vulnerabilidad que tanto temía.El sonido frío y metálico de unas llaves quebró la quietud del pabellón, resonando en sus oídos como un presagio. La figura de la guardia apareció frente a la celda, su expresión imperturbable reflejando la rutina de su trabajo.—Es hora —anunció con una voz neutra.Mariana se levantó
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