Cuando la llamada terminó, Cristina bajó el teléfono despacio, como si aún le quedara algo de aquella conversación entre las manos. Exhaló largo, cansada. Guardó el dispositivo en un cajón, como si pudiera encerrar algo más que un objeto. Luego se acercó a la ventana. Afuera, la ciudad empezaba a encenderse poco a poco, con luces que aparecían una tras otra mientras el tráfico seguía su ritmo constante.El empleo era un alivio, al menos por ahora.La idea tardó en asentarse. No era gran cosa para el mundo, pero para ella lo era todo.Se quedó quieta unos segundos, intentando asimilar la magnitud de la noticia. Era un pequeño triunfo, pero para ella representaba mucho más que un simple trabajo.Aun así, los recuerdos llegaron sin pedir permiso.Tenía dieciséis años cuando su padre volvió a casa con una caja de cartón. Lo recordaba cruzando la puerta en silencio, con la mirada perdida. Después vinieron los días tensos: el dinero que no alcanzaba, las conversaciones a medias, lo que sus
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