26. Ha sido mi culpa
IsabelEl olor del miedo no se queda en el primer piso; sube como un espectro, filtrándose por debajo de la puerta del dormitorio de Dante. Estoy atrapada en su santuario, un lugar que huele a él: a madera vieja, a cuero y a ese aroma metálico que ahora sé que es la fragancia de la guerra.Camino de un lado a otro, ignorando el pinchazo de dolor en mi pierna. Mis ojos barren la habitación, tratando de distraerme. Es un espacio extrañamente ordenado, casi monacal. No hay fotos, no hay recuerdos, solo una cama impecable, un estante con libros de táctica y una ventana blindada que da al abismo de la noche. Me siento como una intrusa en la mente de un depredador.Bum. Bum. Bum.Tres disparos. Secos, definitivos.El sonido retumba en los cimientos de la casa y mi corazón da un vuelco tan violento que me obliga a apoyarme en la pared. Dante. El pensamiento de verlo caer, de que ese hombre que acaba de salir de aquí con el pecho desnudo y una pistola en la mano sea ahora un cadáver más, me p
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