30. Despertar a la bestia
Isabel
Estoy tan cerca de él que puedo sentir el calor irradiando de su piel, un calor que contrasta con el frío del pasillo y el horror de los cuerpos que aún yacen a unos metros de nosotros. Dante está sentado frente a mí, con el torso desnudo y cubierto de una mezcla de sudor, pólvora y su propia sangre.
Mis manos, que han sostenido arcos de violín ante miles de personas, tiemblan de una forma que me avergüenza. Pero no es solo el miedo a la sangre lo que me altera. Es él. Es la visión de su