20. Salir de cacería
DanteCamino los pocos metros que me separan de su puerta. El sonido del violín es ahora ensordecedor, una tormenta de cuerdas que parece exigir una respuesta. Introduzco el código, la puerta se desliza y entro.La habitación está en penumbra, iluminada solo por el hilo de luz que se filtra por la ventana bloqueada. Isabel está de pie, con el violín encajado bajo la barbilla. Se ve pequeña, frágil, pero la música que sale de ese instrumento es gigantesca. Sus ojos están cerrados y veo el esfuerzo en su rostro, el sudor brillando en su frente y la forma en que su mano lastimada tiembla con cada vibrato.Me quedo ahí, en silencio, esperando a que termine. Cuando lo hace, el silencio que sigue es más violento que la música. Ella abre los ojos y me encuentra. Veo el miedo instantáneo, la forma en que sus pupilas se dilatan, pero también veo esa chispa de fuego que no he logrado apagar.—¿Acaso no fui lo suficientemente claro cuando te dije las reglas de esta casa? —suelto, y mi voz suena
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