39. Culpable
IsabelEl estudio de Dante huele a él: tabaco caro, libros antiguos y una nota de peligro que parece impregnada en las paredes de madera. Pero ahora, ese aroma se ve asfixiado por el perfume floral y persistente de Gianina. Ella está sentada frente a mí, con una pierna cruzada y una libreta sobre la rodilla, observándome con una calma que me resulta antinatural.Me siento pequeña en este sillón de cuero, con mis muletas apoyadas a un lado como recordatorios metálicos de mi fragilidad.—No tienes por qué estar a la defensiva, Isabel —dice Gianina, su voz es una caricia de seda que, por alguna razón, me eriza el vello de los brazos—. Estoy aquí para ayudarte a procesar lo que ninguna mujer debería ver.—He visto muchas cosas últimamente —respondo, apretando los puños sobre mis muslos—. No sé si hablar de ello vaya a cambiar el hecho de que hay gente muerta en la sala.—Hablar no cambia el pasado, pero cambia cómo el pasado te devora —ella ladea la cabeza, estudiándome—. Cuéntame de anoch
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