23. No te fuiste
Dante
Ella no responde de inmediato. Está petrificada, tragando seco, con la mirada fija en mi rostro. Noto cómo sus ojos, empañados por las lágrimas, bajan por la línea de mi cuello hasta mi pecho desnudo, recorriendo las cicatrices que el sueño acaba de reabrir. Un sonrojo violento tiñe sus mejillas a pesar de la palidez previa. Ese escrutinio me tensa cada músculo; algo oscuro y caliente se remueve en mi vientre al sentir su vulnerabilidad tan cerca de mi propia piel.
—Puedes... ¿puedes quit