Veinte años después del final que todos creyeron definitivo, la casa frente al mar seguía en pie, más fuerte y más viva que nunca.Lia, con sesenta y siete años, seguía caminando descalza por la arena todas las tardes. Su cabello era ahora completamente blanco, pero su mirada conservaba esa mezcla de fuerza y ternura que la había definido siempre. Esa mañana de julio, la casa bullía de actividad. Mateo, de cuarenta y cinco años, llegaba con su familia completa. Camila, su hija mayor, ya tenía once años y era idéntica a Lia de pequeña. Valentina venía con sus dos adolescentes y Lucas, el menor, con su novia.Pero nadie esperaba a la joven que esperaba de pie en la terraza, con una maleta pequeña y las manos temblando.—Hola… —dijo ella con voz baja pero clara—. Me llamo Daniela. Soy la hija de Camila.El silencio que cayó sobre la familia fue absoluto.Mateo palideció. Lia sintió que el corazón le daba un salto fuerte, pero no de dolor, sino de una emoción pr
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