Veinte años después del final que todos creyeron definitivo, la casa frente al mar seguía en pie, más fuerte y más viva que nunca.
Lia, con sesenta y siete años, seguía caminando descalza por la arena todas las tardes. Su cabello era ahora completamente blanco, pero su mirada conservaba esa mezcla de fuerza y ternura que la había definido siempre. Esa mañana de julio, la casa bullía de actividad. Mateo, de cuarenta y cinco años, llegaba con su familia completa. Camila, su hija mayor,