El mar seguía exactamente igual. Las mismas olas, el mismo color turquesa, la misma brisa que olía a sal y libertad.Pero la casa ya no era la misma.Ahora había dos autos más en la entrada, un columpio grande en el jardín y risas que sonaban diferente.Lia estaba en la cocina terminando de preparar el almuerzo cuando escuchó la puerta principal abrirse.—¡Mamá! ¡Ya llegué!La voz grave y profunda hizo que Lia sonriera sin poder evitarlo. Se limpió las manos en el delantal y salió a recibirlo.Mateo, con veinticinco años recién cumplidos, entró cargando dos maletas enormes. Estaba más alto, más ancho de hombros, con barba bien cuidada y esa misma mirada dulce que tenía desde niño.Detrás de él entró una joven bonita, de cabello largo y sonrisa tímida, cargando una torta en las manos.—Hola, señora Lia —dijo la muchacha con respeto.Lia abrió los brazos y la abrazó con cariño.—Cuántas veces te he dicho que me llames mamá, Valentina.Mateo dejó las maletas en el piso y abrazó a Lia lev
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