Cinco años después.La casa frente al mar ya no era solo un hogar familiar. Se había convertido en un lugar sagrado de tradiciones, risas infantiles y recuerdos que se transmitían como tesoros.Lia Valentina, ahora con cinco años, corría descalza por la arena persiguiendo las olas. Su cabello negro ondeaba con el viento y su risa era idéntica a la de Camila cuando era niña. Detrás de ella corría su hermano menor, Mateo Diego, de tres años, tropezando con sus propias piernitas.Camila, sentada en la terraza con un libro en las manos, observaba a sus hijos con una sonrisa tranquila. Ya era una psicóloga titulada y trabajaba ayudando a familias en crisis. Diego, su esposo, había publicado su primera novela inspirada, en parte, en la historia de su familia política.Mateo, que ya pasaba los cincuenta y dos, se acercó con dos vasos de limonada y se sentó junto a su hija.—Se parece tanto a ti —dijo mirando a la pequeña Lia—. Terca, curiosa y con el mar en la sangre.Camila rio suavemente.
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