El cielo estaba completamente rojo, como si el mismo sol se estuviera desangrando sobre el mar. Las olas golpeaban la arena con furia, casi como si supieran lo que estaba pasando.Lia se quedó congelada en la arena, a unos veinte metros de la casa azul. Sus pies descalzos se hundían en la arena fría y húmeda, pero ella no sentía nada. Solo veía a su hijo. A su Mateo. Parado frente a Camila, con la cabeza baja, escuchando cada palabra que esa mujer le decía.Camila tenía una mano sobre el hombro de Mateo. No lo agarraba fuerte, pero tampoco lo soltaba. Era un toque posesivo, como si ya estuviera reclamando lo que siempre dijo que era suyo.—…y cuando te sacaron de mis brazos en el hospital, yo grité tanto que me tuvieron que sedar —decía Camila con voz suave, casi maternal—. Te llamé por tu nombre desde el primer segundo que te vi. Mateo López. Ese siempre fue tu nombre.Mateo no hablaba. Solo escuchaba. Lia vio cómo su hijo se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, pero no se
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