Tres semanas después, la vida parecía haber vuelto a la normalidad.
Mateo había retomado sus clases, jugaba con sus hermanos en la playa todas las tardes y cada noche se dormía con la concha que encontró cuando tenía cinco años debajo de la almohada. Lia lo observaba desde lejos, todavía con un nudo de miedo en el pecho, pero cada día ese nudo se hacía más pequeño.
Una mañana de domingo, mientras toda la familia desayunaba en la terraza, llegó un sobre blanco sin remitente.
Lo trajo el guardia