La mañana siguiente al regreso de Mateo amaneció dorada. El sol se levantaba sobre el mar Caribe como si quisiera celebrar que la familia estaba completa otra vez.
Lia abrió los ojos y lo primero que vio fue a Mateo dormido a su lado en la cama grande. Se había quedado con ella toda la noche, acurrucado como cuando tenía seis años. Lia no se movió. Solo lo miró respirar, acariciándole el pelo suavemente, como si todavía no pudiera creer que estaba ahí.
Mateo abrió los ojos y sonrió con timidez.