Arturo Villanueva tenía las manos quietas sobre la mesa, lo cual era, para quienes lo conocían, la señal más clara de que estaba mintiendo. Pero esta vez no mentía. Esta vez las manos quietas eran el esfuerzo de un hombre que ha decidido no escapar y está aprendiendo que quedarse también tiene su peso físico, su temperatura en los nudillos, su presión particular en la base de los pulgares.La fiscal Romo llevaba cuarenta minutos y Sofía observaba desde el vidrio, de pie, sin apoyarse en la pared, porque apoyarse habría sido concederse una comodidad que el momento no merecía.—Las llamadas llegaban los miércoles —dijo Arturo, y lo dijo como quien nombra un síntoma que llevas años ignorando porque nombrarlo implicaría hacer algo al respecto—. No siempre. Pero con suficiente regularidad como para que yo supiera que eran los miércoles.La fiscal no interrumpió. Era una mujer que entendía que el silencio, administrado correctamente, pesa más que cualquier pregunta.—Una voz de hombre. Sin
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