El expediente llegó en papel, que ya era una rareza, y Elena lo supo antes de abrirlo. Había algo en el grosor del sobre, en el sello de la fiscalía que olía a fotocopiadora y burocracia nueva, que le dijo que alguien había trabajado horas extra para que esto existiera. Lo abrió sobre la mesa de la pequeña cocina donde había dormido tres noches seguidas con el mismo sueño de agua oscura, y leyó el nombre en la primera línea:*Fundación Semilla de Futuro, A.C.*Fecha de registro: seis días atrás.Leyó dos veces. Luego una tercera, porque la tercera lectura siempre era la que revelaba lo que las primeras dos protegían.La fundación tenía domicilio en Monterrey, un consejo directivo de cinco nombres que no le dijeron nada de inmediato, y un objeto social tan cuidadosamente redactado que parecía haber pasado por cuatro abogados y un cirujano: *protección integral del menor en situaciones de vulnerabilidad familiar, acompañamiento psicosocial, defensa de los derechos del niño ante instanci
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