El juzgado olía a papel mojado y a decisiones que no tenían reversa.
Mateo lo supo desde que cruzó las puertas giratorias del Palacio de Justicia —ese olor específico que mezcla el cloro de los baños con el polvo de los expedientes y algo más difícil de nombrar, algo que se acumula en los muros cuando demasiadas vidas han sido pesadas en ese mismo edificio y encontradas insuficientes o excesivas o simplemente inconvenientes para el sistema que se supone debe protegerlas. Caminó por el pasillo c