Arturo Villanueva no lo dijo.
Eso fue lo primero que el abogado de Mateo aclaró cuando lo llamó a las dos y catorce de la tarde, con esa voz que tienen los hombres acostumbrados a hablar de cosas terribles en tono de reunión de trabajo. Lo escribió. En papel —papel de cuaderno, no el membretado del juzgado—, con bolígrafo azul, con la letra de alguien que aprendió caligrafía de niño y la fue perdiendo al ritmo exacto en que fue perdiendo otras cosas. Lo dobló en cuatro. Se lo pasó al juez Villa