El expediente tenía ciento diecisiete páginas y Mateo Villanueva las había leído todas antes de que el sol terminara de cruzar la ventana del hotel.
No porque necesitara refrescar los hechos —los hechos los cargaba en los huesos desde hacía meses, desde antes de que tuvieran nombre legal, desde cuando eran apenas una certeza sin papel que lo sostuviera— sino porque leer el expediente era la única manera que había encontrado de prepararse para lo que vendría sin ponerse a caminar en círculos por