La voz de Mariana no temblaba, y eso era lo más perturbador de todo.
Leía como quien lee el acta de defunción de alguien que ya murió hace tiempo: con la precisión de quien ha aprendido que la emoción no cambia los hechos, que las palabras impresas en papel notarial no se ablandan porque uno llore encima. Valeria la miraba desde el otro lado de la mesa del comedor —esa mesa donde Daniel Sebastián había comido avena esa mañana, donde todavía había una mancha pequeña en el borde, la evidencia de