La audiencia estaba programada para las nueve de la mañana y a las siete con cuarenta Mateo seguía en el estacionamiento del edificio de juzgados, con el motor apagado y las manos sobre el volante como si todavía necesitara algo a qué sujetarse.
No era miedo, exactamente. Era el peso específico de los años, la manera en que seis años de esperar que alguien pagara por algo podían sentirse en los hombros como una estructura física, como una arquitectura de huesos añadidos que el cuerpo había apre