La sala de la Fiscalía Especializada huele a papel húmedo y a algo más difícil de nombrar — la clase de tensión que se acumula en un cuarto donde las palabras tienen consecuencias legales, donde cada sílaba queda registrada, donde el silencio también es evidencia. Arturo Villanueva lleva cuarenta minutos sentado frente al fiscal Bernal, y en ese tiempo ha dicho muchas cosas: fechas, montos, nombres de funcionarios de tercer rango que sirvieron como pantalla, el nombre de tres cuentas offshore que él mismo supervisó durante cuatro años sin preguntarse demasiado para qué existían. Ha dicho todo eso con la voz de alguien que ya cruzó el umbral de lo que puede perderse y descubrió, al otro lado, algo parecido a la levedad.Pero el fiscal lleva diez minutos esperando el único nombre que importa.— Sé que es difícil — dice Bernal, y lo dice sin condescendencia, que es raro en un hombre de su cargo.— No es difícil — responde Arturo. — Es irreversible.Hay una diferencia, y Bernal la reconoc
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