El plan de Adrián era, como siempre, impecable, frío y calculado hasta el más mínimo detalle. Durante las horas siguientes, la mansión se transformó en un centro de operaciones. Hombres de traje oscuro, que no había visto jamás, entraban y salían del despacho; los teléfonos no dejaban de sonar, y el ambiente estaba cargado de una adrenalina letal.A pesar de todo, Adrián se encargó de mantenerme a su lado. Ya no me escondía en la enorme casa ni me aislaba de sus problemas. Había exigido quedarme, y él, contra su propio instinto de protección, lo había aceptado.Me encontraba sentada en uno de los sillones de cuero de su oficina, observándolo trazar el mapa de su contraataque, cuando la puerta se abrió sin previo aviso.Valeria entró, con su habitual caminar arrogante y un portafolio bajo el brazo. Se detuvo en seco al verme allí, sentada en la oficina privada de Adrián, un lugar al que pocas personas tenían acceso durante una crisis de esta magnitud.—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Va
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