El silencio que siguió a la acusación de Adrián fue tan pesado que sentí que el aire se volvía irrespirable. Miré a Esteban, mi tío, el hombre que me había sostenido cuando mi mundo se caía a pedazos, buscando desesperadamente una chispa de indignación o una negación rotunda. Pero no hubo nada.
Esteban permaneció sentado, con las manos entrelazadas sobre su regazo, observando la carpeta de documentos sobre la mesa con una calma que me resultó aterradora.
—¿No vas a decir nada? —mi voz salió com