El silencio en el interior del vehículo era absoluto, pero no se sentía vacío; estaba cargado con el peso de lo que acabábamos de presenciar. Las luces de la ciudad se difuminaban en la distancia mientras nos alejábamos del puerto, dejando atrás el caos y las llamas que Adrián había desatado. Mi respiración seguía siendo un desastre errático y mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza que me resultaba dolorosa.
Ya no era solo el miedo a la muerte lo que me aceleraba el pulso; era la comp