Las sirenas se desvanecieron en la distancia, pero el eco de la traición de Esteban seguía flotando en el inmenso vestíbulo de la mansión. Sin embargo, la opresión en el pecho que me había acompañado desde el primer día parecía haberse evaporado.
Adrián se dejó caer en el sofá de cuero oscuro, aflojándose el nudo de la corbata con un gesto de agotamiento absoluto. Por primera vez desde que lo conocí, no intentó ocultar su cansancio detrás de una máscara de hierro impenetrable.
Me acerqué y me s