El plan de Adrián era, como siempre, impecable, frío y calculado hasta el más mínimo detalle. Durante las horas siguientes, la mansión se transformó en un centro de operaciones. Hombres de traje oscuro, que no había visto jamás, entraban y salían del despacho; los teléfonos no dejaban de sonar, y el ambiente estaba cargado de una adrenalina letal.
A pesar de todo, Adrián se encargó de mantenerme a su lado. Ya no me escondía en la enorme casa ni me aislaba de sus problemas. Había exigido quedarm