El puerto estaba sumido en una oscuridad casi absoluta. El olor a salitre, metal oxidado y humedad impregnaba el aire nocturno, pero lo que realmente cortaba la respiración era la quietud antinatural del lugar. No había sonido de grúas, ni motores, ni trabajadores. Solo el eco hueco del agua golpeando contra el concreto de los muelles.
Adrián detuvo su camioneta blindada a una distancia prudente del almacén principal. Apagó el motor y las luces en un solo movimiento fluido. A nuestro alrededor,