La tormenta no se detuvo de inmediato, pero eventualmente, el cansancio y el peso abrumador de la realidad nos alcanzaron. La habitación estaba a oscuras, iluminada únicamente por la pálida luz de la luna que se filtraba a través de las pesadas cortinas.Yo estaba sentada en el borde de la cama, con la respiración aún entrecortada y el corazón latiendo a un ritmo frenético que parecía ensordecedor en medio de tanto silencio. Adrián estaba de pie, a unos pasos de mí, dándome la espalda. Se había pasado las manos por el cabello oscuro, desordenándolo por completo, una imagen que contrastaba drásticamente con la perfección calculada que siempre proyectaba al mundo.El ambiente entre nosotros no era el mismo de antes. Ya no estaba cargado de odio ni de amenazas; estaba impregnado de una vulnerabilidad palpable que me aterraba más que cualquier otra cosa.—No debimos hacer esto —murmuró él, con la voz tan grave y áspera que apenas fue un roce en el aire.No me miró, y de alguna manera, eso
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