El silencio después del peligro era diferente al que estábamos acostumbrados. Ya no era una calma tensa o un preámbulo de una discusión; era un silencio más denso, más cercano y, por primera vez, asombrosamente real.Me di cuenta de que todavía estaba temblando. Mis manos no dejaban de hacerlo y mi respiración, aunque intentaba controlarla, seguía siendo un desastre errático.—Alma… —su voz fue suave, muy distinta a la del hombre que acababa de derribar a dos agresores en un callejón oscuro. Me miró con una intensidad nueva, como si estuviera asegurándose de que seguía allí, de que no me había desvanecido en medio del caos.—Estoy bien… —mentí, aunque el temblor de mi voz me delataba.Adrián se acercó con lentitud, con un cuidado que me resultó casi doloroso. Era como si temiera que, al tocarme, terminara de romperme.—No tienes que fingir conmigo —murmuró. Esa frase, dicha por el mismo hombre que me había comprado a través de un contrato, me desarmó por completo.Sus manos, calientes
Leer más