El aire en el coche se sentía distinto, menos denso, como si el beso hubiera servido para purificar parte de la toxicidad que nos rodeaba. Sin embargo, la tregua fue efímera. El teléfono de Adrián, que descansaba en la consola central, vibró con una insistencia que cortó la magia del momento.
Él frunció el ceño y lo tomó. Al ver la pantalla, su expresión se transformó. La suavidad desapareció, siendo reemplazada por una rigidez que me puso en alerta de inmediato.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiend