El descenso hacia las bodegas fue un torbellino de golpes, empujones y una oscuridad asfixiante. Mis rodillas chocaron contra los escalones de piedra más de una vez mientras el guardia me arrastraba sin piedad, ignorando mis gritos y mis intentos desesperados por liberarme. La imagen de Adrián en el suelo, con el rostro ensangrentado bajo la bota de su propio padre, se repetía en mi mente como una cinta de terror interminable.Finalmente, llegamos al fondo. El hombre me empujó con una fuerza brutal, y caí de bruces contra el suelo húmedo y helado del sótano. El impacto me sacó el aire de los pulmones, dejándome aturdida por unos segundos, tosiendo y jadeando en la penumbra.—Quédate quietecita —gruñó el guardia, su voz resonando en el espacio cerrado, lleno de inmensos barriles de roble y estanterías de vinos añejos—. El jefe bajará pronto a terminar el trabajo.Escuché el sonido metálico de sus llaves. Iba a encerrarme. Iba a dejarme allí, atrapada en la oscuridad, mientras arriba el
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