El eco del portazo de Valeria pareció flotar en el aire de la oficina durante varios segundos, pero su partida no aligeró la atmósfera; al contrario, la cargó con una densidad que rozaba la pólvora. La línea se había trazado definitivamente, y Adrián acababa de quemar uno de sus puentes más seguros, todo por mantenerme a su lado.
Se apartó del escritorio y caminó hacia el inmenso ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Las luces parpadeaban a lo lejos, ajenas al caos absoluto qu