Capítulo 38. El filo de la sospecha.
Leonella y Alessandra se deslizaron tras la cortina de lona con una agilidad propia de las personas que temen ser descubiertas.El espacio era asfixiante; olía a polvo acumulado y a reactivos químicos. Leonella se pegó a la pared de madera, conteniendo la respiración hasta que sintió que los pulmones le ardían. Alessandra, a su lado, mantenía la mano firme sobre su bolso, lista para cualquier desenlace.La puerta de la cabaña se abrió de un golpe seco, dejando entrar una ráfaga de aire salino y el eco del mar. Los pasos de Augusto resonaron sobre el suelo carcomido. Eran pasos lentos, deliberados, cargados de una arrogancia que reclamaba cada centímetro de aire.—Vaya, Casal… —La voz de Augusto se filtró por la lona, cargada de una burla letal—. No sé cómo puedes vivir en la miseria, siendo un científico tan reconocido. Con tanto dinero que tienes, al menos deberías comprar algo más digno. Por cierto, hablando de tus bienes, sería bueno que me firmaras un documento traspasándomelos… d
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