Capítulo 31. El pacto de sangre.

Salió de la habitación con el corazón martilleándole las costillas y la perla del arete apretada en el puño. Cuando comprobó que el coche deportivo de Augusto se perdió en la distancia, sintió un alivio.

Media hora después llegó Alessandra; venía fumando un cigarrillo mientras ella la esperaba impaciente.

—Lo tengo —susurró Leonella, entregándole la memoria USB. Sus manos aún temblaban, pero su mirada era puro fuego—. Está todo ahí. Las muertes del Lote 404, los sobornos y el desgraciado que ti
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