Capítulo 40. Un mensaje delator.
Leonella cruzó el umbral de la Villa Valente con el pulso martilleando en sus sienes. El silencio de la mansión era sepulcral, solo interrumpido por el tic-tac metálico del reloj de pie en el vestíbulo. Cada paso que daba sentía el peso del vial oculto en su bota; era un secreto de cristal que amenazaba con romperse a cada movimiento.
No tuvo que buscarlo. Augusto estaba allí.
Estaba sentado en el gran sofá de cuero negro de la sala principal, envuelto en una penumbra. Sostenía un vaso de crist