La lluvia de la noche anterior había dejado un aire gélido y limpio que se filtraba por las rendijas de la casa de seguridad donde Elías, el detective, había citado a Seraphina.El lugar era una cabaña discreta a las afueras de la ciudad, lejos de los ojos de los Blackwood y de los tentáculos de Arturo Sinclair.Daniel permanecía de pie junto a la puerta, con la mano cerca de su chaqueta, atento a cualquier movimiento extraño en el exterior.Su rol de guardaespaldas se había vuelto su piel; no dormía, apenas comía, y su obsesión por proteger a Seraphina solo era superada por la de ella por encontrar justicia.Cloe, debido a su familia había sido bloqueada, en busca de no caer en un escándalo, y aunque había indicado que pronto estaría con ellos, él no podía esperar por ella, su papel, era proteger a Seraphina.En el centro de la habitación.Sentada en un sofá raído, estaba la mujer que poseía la última pieza del rompecabezas: la enfermera jubilada Martha Solís.Sus manos temblaban mie
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