El aire en la Torre Blackwood se había vuelto irrespirable.Alaric no estaba de buen humor; de hecho, las cosas no podían estar peor.Las palabras de Chloe, cargadas de una verdad que él se había negado a ver durante trece años, no dejaban de martillar su cabeza con la cadencia de un verdugo. —sus dudas, su frialdad, su ceguera— no hacía más que molestarlo, provocándole una náusea existencialIría por su esposa.Aunque ella parecía decidida a abandonarlo, aunque lo hubiera mirado con esa indiferencia letal en sus últimos encuentros, aún había una alianza de por medio.Ante la ley y ante el mundo, aún eran marido y mujer.—Ella no puede irse sin más —gruñó Alaric para las paredes de cristal de su oficina—. No puedo permitirlo.Caminó hacia la salida con la mandíbula tensa.La decisión de ir por ella, por su legítima esposa, no tenía marcha atrás.Sin embargo, antes de que pudiera poner un pie fuera de su despacho, el vibrar estridente de su teléfono rompió el silencio.El nombre de Ser
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