Fuera del estudio, en el pasillo sumido en la penumbra, la máscara de Serena Sinclair (o Blackwood, como aún se sentía en su interior) se desmoronó.Se apoyó contra la pared fría, sintiendo que el suelo temblaba bajo sus pies de diseñador.En la oscuridad del corredor, los recuerdos empezaron a emerger como fantasmas hambrientos.Se vio a sí misma a los siete años, escondida tras una cortina mientras su madre, con voz de acero, le susurraba al oído:«Recuerda esto, Serena: no somos como ellos. Somos intrusas en esta casa. Si no eres la mejor, si no logras que te adoren, nos echarán a la calle y volveremos al hambre. No puedes permitirte ser segunda después de Seraphina. Jamás».Esa inseguridad crónica, esa semilla de terror sembrada en su infancia, era lo que movía sus manos ahora.Serena no odiaba a Seraphina por pura maldad; la odiaba porque la existencia de su hermana era un recordatorio constante de su propia ilegitimidad.Seraphina era la hija legítima, la que tenía el fuego del
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